Lo que pasa cuando llevas a un concierto de Madonna a alguien que no es fan.

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Madonna – Rebel Heart Tour México

–  Hay mucho gay, menciona una doñita sentada en la fila de atrás.

–  Es que es día de Reyes, le contesta el marido.

– ¿Y eso qué? Pregunta ella.

– No ves que ella es su reina.

 

Nunca he sido fan de Madonna y me vale madres si es la reina del pop, me gustan un par de sus discos y algunas canciones, pero fuera de eso me es tan intramuscular como tener una opinión verdadera sobre el Estado Islámico (En serio, ¿se atreven a tener una opinión de eso?).  Con eso quiero decir que en este momento de la vida no tengo una opinión sobre ella o su música, su persona, su historia, su peso o su edad.

Entonces, ¿por qué pagar a lo pendejo una sola noche de lentejuelas y foquitos? Simple: había que vivirlo.

Más allá que si es un evento de convivencia gay y dividido por clases sociales, es un hecho que los precios para este tipo de eventos dejan algo claro: los fans y la gente están dispuestos a pagar lo que sea por ver a esta señora; la parte de hueva fue el DJ telonero, Ludice, que quizás en otro momento hubiera sido interesante unos 15 minutos, después se volvió taladrante y exasperante, peor aún, cuando te daba un poco de alivio porque parecía terminar, sólo volvía a comenzar.

La doñita de atrás, con todo y sus joyas se quejaba del telonero, para ella era una falta de respeto que no se ajustaran a los horarios, eso no lo haría Miguel Bosé, él sí es un artista que se respeta, afirmaba.

El show de Madonna (¡por fin!) resultaba ser un pastiche de estilos, con todo y segmento salsa-latino-flamenco-calaveritasdeazúcar, momento en el cual la reina del pop mencionó ser muy respetuosa de nuestra cultura, y por lo tanto decidió revolverla con el Caribe, La Mancha y los gauchos.

Lloró poquito, con todo y su espectáculo simple, que sin pantallas hubiera sido inexistente (no me quejo, pero con todo y sus lágrimas no fue un show realmente dramático).

Probablemente he visto pocos públicos grandes realmente entregados a su artista, con todo y mi indiferencia, Madonna hipnotiza y no quieres dejar de verla, como un un monumento en movimiento constante. rodeada por el escenario de La última cena, bordados de flores o patrones de Art Decó al estilo Great Gatsby.

Probablemente la doñita de atrás también quedó bastante satisfecha, en realidad en cuanto comenzó el show me olvidé de ella por completo y aunque no me he convertido en fan de Madonna y me sigue siendo igual de irrelevante que toda mi existencia, le he dedicado un rato a es nota, porque la verdad termina siendo una experiencia única, demasiado cliché, sí, pero uno no puede andar por la vida sin haber visto a los iconos.

 

 

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