Whiplash – El problema está en la autoridad.

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Una tarde de enero caminaba por Reforma con mi ex y antes de despedirnos hablábamos de las películas que ambos teníamos muchas ganas de ver y que si no veíamos juntos, discutiríamos tan pronto como fuera posible. Pasó el tiempo y yo no había visto Whiplash, cuando por fin lo logré ya estaba esperando que me gustara mucho, si todos la estaban amando locamente, ¿qué podría salir mal?

Volviendo a los antecedentes, como es costumbre de muchos productores y directores, se realiza una versión corta de las películas con el fin de mostrarle este teaser a los inversionistas y de ese modo lograr conseguir todo el presupuesto y filmar la versión completa de la historia. De ese modo en 2013 en el Festival de Sundance, el director Damien Chazelle mostró una versión de 17 minutos de Whiplash, una historia basada en su experiencia como estudiante en una banda escolar y consiguió filmar ahora sí, una versión de 106 minutos que en realidad no tenía que haber pasado de los 17 minutos originales NUNCA.

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Quiero decir, el verdadero encanto de Whiplash está contenido en sólo esos 17 minutos originales, el resto es una manera de matar tiempo con buena música. En algún momento, después de los primeros 30 minutos de la película (de los cuales 17 son esos 17 del corto original) todo empieza a encimarse de una manera monstruosa, se le acaba la sencillez al filme, se vuelve una extraña comedia hollywoodense a la que el cabe de todo: una relación de poder enferma, una historia de amor súper chafa, lugar común y que puede aprovecharse para ver el móvil y además jazz, sangre, sudor, llanto; y es que, en palabras del director, aunque esté basada en una historia personal quiso llevarla más lejos y la verdad es que sí, se esforzó demasiado y la llevó tan lejos que en realidad es más un alud que una película.

Quizás mi problema con Whiplash es también un asunto personal con las relaciones de poder y la autoridad, los tutores y en sí, cualquier figura que se asuma como “superior” pero no, esta cinta es una fraude, ver a un joven estudiante destruirse a sí mismo, no por construirse una carrera en el competitivo mundo de la música, si no, como primer paso de tratar de impresionar a un profesor tan malcogido que se vuelve caricaturesco: ser testigo de cómo convierten su tutoría un asunto enfermo, codependiente y llevado a momentos tan aburridos, como ese donde el pobrecito mártir de las baquetas sufre un aparatoso choque en el coche, sale corriendo con dos o tres costillas rotas y dos o tres hemorragias internas, sólo para recibir una jeta del pinche maestro, y claro, responderle a base de putazos. No me creí ni la mitad. Claro que todo mundo haría cualquier cosa por tratar de impresionar a otro, me queda claro, pero la obsesión de Whiplash es francamente pendeja.

Todo se fue al carajo.

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Sí, yo esperaba ver una cinta sobre la tensa relación de un aspirante a baterista y un maestro mamón, y la verdad es que sí uno espera ver algo así es suficiente con el corto y puede ahorrarse la película entera, ni siquiera el bonito jazz lo vale (la mentada “whiplash” la repiten hasta que uno se la aprende), así que buscarse una playlist  de jazz en Spotify puede satisfacer esa necesidad, ni siquiera un poco de tensión homosexual la hubiera rescatado, nada. Es absurda, innecesaria y rogona.

No puedo con farsas como esta, de verdad que no puedo. Rogar por un sí, rogar por un poco de apreciación, dañarse a uno mismo sólo por una necesidad de que otro te reconozca, que le diga a tu talento que sí vale la pena, se vuelve tan absurdo como  esos maestros que avientan el gis, una silla o un trombón. Quizás las bailarinas de ballet defenderán su derecho a tener maestras castrantes y dedos sangrantes, y quiero decir, la pantomima de la autoridad y de la tutoría me parece ridícula tanto en la realidad como en el cine, eso de que la letra con sangre entra probablemente no es un método que yo entienda (a lo mejor es un asunto formativo, a mi me educó la gente bien del Montessori) y creo sobre todo en talentos personales y cada día me alejo más de una necesidad vital de la aprobación externa de cualquier pendejo.

Aguantar Whiplash es como soportar a esas personas que piensan que una nalgada a tiempo es un correctivo para evitar que tu hijo se convierta en un delincuente o peor aún, soportar por escuchar a un maestro mamón y gritón  creado para una audiencia ansiosa de lugares comunes y que piensan que este tipo de personajes son entrañables y que hacen grande a un actor.

Con esos 17 minutos bastaba. Si quieres ver Whiplash mira el corto e invierte tu tiempo en otra cosa igual de poco productiva e irrelevante, pero quizás más emocionante que la película completa, míralo aquí:

 

Un pensamiento

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