Esa enfermedad llamada televisión de realidad.

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Parte 1.

Los primeros síntomas comenzaron hace un año más o menos, al principio no se siente nada y cuando menos te das cuenta ya estás sumergida en la incapacidad de ver la realidad. A los vivos los carcome por dentro, quizás ser un no-muerto como yo tenga su ventajas, como ya no estás vivo no es tan profundo y sólo te sume en una absoluta depresión.

Ví completas dos temporadas pasadas de America’s next top model, me enamoré de la cadavérica Ann Ward, del régimen doloroso de la belleza y la perfección de las fotografías.Vi suceder esta necesidad de comprobar que hay una obsesión por que alguien sea the next best top model o tatuador, cocinero, pastelero, maquillista, tavesti… Y es que hay una verdad para la televisión: aún existen categorías, algunas cosas nos hacen pensar que somos más inteligentes que los demás por las cosas que consumimos en la pantalla, la verdad es que todo es segmentación de mercado, igual que en el tráfico de drogas. Puedes ser muy exquisito o artificial con tus gustos, o puedes caer bajo, muy bajo. Y no se puede caer más bajo que ver reality shows.

Tengo una particular y horrible fijación por estos en su versión de concursos donde se pone a prueba la creatividad, la femineidad o en el peor de los casos la personalidad. Todos tienen un formato muy parecido y es el tipo de televisión que sólo produce ruido y tiene momentos en los que se da el lujo de prescindir de tu atención para que puedas ver tu teléfono, hablar con Paprika Crocante de por qué amamos a Courtney Act o para sumarte en tus pensamientos más profundos y te desapareces. Los únicos momentos críticos son cuando los participantes son juzgados por sus in promptu creaciones y uno muere para ir al cielo de los perritos. Así hasta que por fin tenemos a un next best star de lo que America demande.

Probablemente el único reality show que me parece lo suficientemente digno es RuPaul’s Drag Race.

No parece que te lo puedas tomar realmente en serio cuando todo es tan extravagante y barato al mismo tiempo, y más allá de los conflictos de docenas de travestis, entre lentejuelas, racismo y experiencia sometida a retos ridículos y disfraces improvisados en los que lo más importante es demostrar que eres la mejor mujer y es ahí cuando las cosas se vuelven realmente serias.

Es lógico que sea un show segmentado para los gais pero tiene un toque especial que lo vuelve de culto. Además, RuPaul siempre me ha parecido maravillosa, seguro Starrbooty está entre mis películas favoritas y Supermodel (of the world) era de nuestros hits cuando estábamos en la escuela.

Vestidas de todo tipo y algunas que pasan de ser un dudette a bellezas que harían dudar a púberes y mayores. Hay grandes segmentos de conflictos entre locas que terminan en la pasarela de lentejuelas y que hacen más evidente que convertirse en una cover girl, en una pop star o una mujer perfecta es sólo un gran montaje, que de igual modo debe emular cualquier estrella mundial como Kylie o Cher y que implica llenar al cuerpo de prótesis que lo terminan convirtiendo en una imagen de la mujer que sólo puede ser real en las pantallas y los escenarios, que es efímero y que puede ser reivindicado cuando hombres cuenta sus propias historias, y son esos tacones y el maquillaje, son esos imaginarios femeninos los que le brindan seguridad cuando el mundo se siente jodido.

Por si fuera poco, el show tiene un par de spin-offs, uno en el que algunas participantes de las temporadas vuelven para competir “entre las mejores” y RuPaul’s Drag U, donde las mismas participantes se vuelven catedráticas de la Drag U: una universidad de lo femenino.

Aquí, mujeres masculinas, nerds, obesas o corporalmente complicadas reciben clases por parte de las vestidas de la Drag Race para descubrir a su drag interna, que no necesariamente tiene que ver con convertirlas en payasos hipermaquillados sino encontrar “su belleza interna”, en atreverse a hacer algo divertido por un día, no se trata de corregirlas y encaminarlas a una sola forma de ser mujer, es diversión pura, de mal gusto pero con una metáfora más significativa y de mujeres que quieren encontrar en la televisión (y en el travestismo) una cura a los malos sabores de sus ordinarias existencias.

Probablemente solo porque RuPaul aparece como juez en Skin Wars, un reality show de artistas del bodypaint, hosteado por Rebeca Romjin, se me hizo el gusto por verlo, al menos me hace pensar que ver Face Off o el pretencioso Work of Art es menos nocivo que ver La Voz México. Así deben pensar los que fuman cigarros caros o por lo menos mentolados.

A veces me gustaría dejarlo, pero es cuando me di cuenta que ver televisión no es un hábito sino una enfermedad, un virus zombie del que uno se vuelve portador, se puede transmitir de persona a persona, está en el aire en las ondas electromagnéticas y probablemente no haya cura, hay algunas personas que generan cierta resistencia, sin embargo recientes estudios demuestran que ni siquiera las personas que sólo usan Internet están a salvo, la consumen de igual modo. La relación con esta enfermedad se parece a las relaciones codependientes, incluso puede llegarse a sentir cariño por el virus, manfiestándose de un modo en el uno se identifica con algo de lo que ocurre en pantalla, le conmueve  o le hace soltar una lágrima.

En el peor de los casos, uno puede encontrarse viendo la versión local o exportada de las franquicias globales de reality shows y aunque en gran parte de los casos puede parecer que sólo tratan de conflictos entre personas competitivas, o en su versión mexicana, de dramedias donde lo que triunfa es el escándalo inmediato.

Pudiéramos tener una explicación de por qué Big Brother lleva 16 temporadas en Estados Unidos, dieciséis años en el que el mismo programa (con breves cambios al formato) se transmite cada verano y aquí apenas duró unos 3 años. En país donde existe la concentración mediática los formatos y franquicias pueden durar menos al aire, se gastan más rápido pues queda poco espacio para los formatos “más novedosos”, al contrario de la tele gringa, donde el amplio número de canales permite que siempre haya espacio para algo; no estoy diciendo que esto sea una ventaja, ni muchos menos. Al contrario, es una televisión con aguas más estancadas, donde a través de los años se siguen transmitiendo los mismos programas, renovados por temporadas, pero al fin y al cabo, ya lo decía Pavlov, para amaestrar se usa la repetición.

La carga social en la tele de realidad deja de manifiesto que las diferencias raciales son claves a la hora de competir bajo un esquema de castas, por ejemplo, en la quinta temporada de Rupaul’s Drag Race dos competidoras son continuamente molestadas por hablar español y aparentemente eso puede ser una desventaja, sobre todo si tu público no te entiende cuando hablas.


Continuará en la parte 2.

Un pensamiento

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